El Rehén Majestuoso

EL REHÉN MAJESTUOSO – Cuando Viví entre Terroristas Vol. I – ¡¡YA A LA VENTA!!

¿Hasta dónde pondrías a prueba tus principios morales para poder sobrevivir o salvar la vida de otros?

Cuando el Dr. Malcolm Spencer, cirujano mundialmente reconocido, antigua celebridad televisiva y aristócrata, comienza a cuestionarse su identidad y propósito, éste decide abandonar su cómodo ático en el Sur de Kensington, en Londres, para trabajar como voluntario en el hospital de un campo de refugiados en Namanga, Kenia.

No solo se replanteará todo aquello que daba por sentado sobre el mundo y la forma en que las personas se valoran y conectan entre sí, sino que sus propias prioridades e instintos de supervivencia se someterán a prueba cuando el grupo terrorista local, el Movimiento de la Voluntad de Dios, ataca su campamento y lo captura como rehén.Ambientado en el África de los años 90, Cuando Viví entre Terroristas es una serie ficticia repleta de crueles realidades y decisiones que cambiarán la vida de sus personajes para siempre.

Abordando tópicos siempre trascendentes y contemporáneos como las conexiones humanas, el instinto de supervivencia, el terrorismo, el poder, el empoderamiento femenino, el abuso infantil o los crímenes de guerra, “El Rehén Majestuoso” da comienzo a un viaje increíble para sobrevivir en un entorno hostil. La verdadera batalla se desarrolla dentro de la mente de Malcolm Spencer, distorsionando los límites del bien y del mal conforme comienza su odisea sin retorno…

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PRÓLOGO DEL LIBRO:

“¡Tira el arma! ¡Se acabó!” Los oficiales del ejército estatal gritaron por la izquierda. Finalmente nos habían alcanzado a mí y el resto de mis compañeros, rodeándonos.

Al intentar levantar mis brazos, la pistola que parecía anexa a mi mano derecha temblorosa, de repente se torna demasiado pesada; cae sin resistencia al suelo. Mi otra mano aún está sangrienta y aturdida, al igual que el resto de mi ropa y cuerpo. Durante un segundo, contemplo mis palmas agrietadas, curtidas y temblorosas, confesando la historia de un hombre mucho mayor de lo que soy.

“¡Aléjate del cuerpo! ¡Arrodíllate!” Me grita uno de los soldados mientras se aproxima lentamente, encañonándome. Incluso desde mi posición, ahora desarmado y en actitud de sumisión total, aún puedo sentir el miedo que emana de los poros de los hombres que finalmente nos han dado caza.

A mi lado, el cuerpo de la persona que me salvó la vida yace sin vida con un único orificio de bala. Fue disparada por el arma que acabo de soltar. El cuerpo aún está caliente, y puedo oler el tinte punzando de hierro proveniente de la sangre goteando de su herida en la cabeza.

Si tan solo nos hubieran encontrado unos minutos antes… Pienso para mí mismo, obedeciendo sus órdenes y entregando mi voluntad y mi libertad.

La luz del alba comienza a asomar tímidamente por el horizonte, al otro lado de la colina. La claridad baña lentamente el magnánimo edificio a mi derecha y el río apacible a mi siniestra, impregnándolos con un brillo sutil.

Finalmente, sin estrellas ya en el firmamento, la larga noche repleta de violencia frenética y sin sentido llega a su fin. De forma sádicamente irónica, esta oscuridad y noche interminables se han convertido en un reflejo cruel de mi viaje, que ahora parece predecir su largamente anunciada conclusión.

“¡Fue él, señor Oficial! ¡¡Lo ha asesinado a sangre fría!!” Uno de mis camaradas, quien ha luchado esta noche, y muchas anteriores, a mi lado, exclamó acusándome, señalando al único caucásico a la vista, yo, antes de rendirse. El resto siguió los pasos del terrorista con sobrepeso, acusándome y rindiendo al unísono.

No esperaba menos de ellos, pese a que muchas de las indecibles experiencias que compartimos nos unirán vergonzosamente de por vida. Después de todo, pertenecemos al grupo terrorista más sangriento y temido que el mundo ha visto jamás. Sin embargo, su traición no importa, ya que mi falsía precedió a la suya.

Las sensaciones frenéticas rebosantes de adrenalina aún fluyen como un río bullicioso, serpenteando rápidos en mi sangre. Y la ira… Aún puedo sentir tanta. Como un oscuro compañero invisible, ha dominado mi percepción y raciocinio. Quizás mi ira siempre estuvo ahí, incluso antes de que fuera capturado por la guerrilla terrorista, como una semilla dormitante esperando las condiciones correctas para eclosionar.

El más valiente de las asustadas tropas keniatas finalmente avanza y me esposa en la espalda. Antes de hacerlo, coge confundidamente la funda desgastada de mi Polaroid de mi cuello. Mi captor no lo sabe, pero ha inmortalizado instantes de horror que nadie debería presenciar.

Muros deteriorados y damnificados rodean esta mansión y recinto. Tras ellos, aún puedo oír los lamentos conmovedores y agónicos de los miles de soldados heridos y moribundos. Independientemente del bando al que pertenecieran cuando esta batalla viciosa comenzó, la Muerte plantará hoy la tierra estéril con la semilla sangrienta de cada una de sus jóvenes almas.

Pronto se desharán de los fallecidos como si fueran una canción olvidada y sin sentido; los supervivientes desearán haber muerto tras los horrores que presenciaron y cometieron anoche. La atmósfera y el aire son densos y pesados, retratando y llevando la carga de muerte y angustia. Con todo, la guerra ha terminado finalmente.

“¡Y hay otro, señor Oficial! ¡Detrás de ese árbol, al lado del río! ¡Lo ha asesinado con sus propias manos!” Voceó el terrorista de mayor edad y recién apresado, apuntando hacia una acacia, rodeada de arbustos esbeltos y irguiéndose al lado del río estancado alimentado por un afluente de sangre.

Conforme el cadete se aproxima al árbol, sabía exactamente qué encontraría tras el matorral: otro cuerpo aún cálido, sangriento y con signos inequívocos de estrangulación. Aún me duelen las manos de la fuerza que requirió detener su respiración, pero nunca ningún otro dolor tuvo mejor sabor. Ojalá pudiera afirmar que ésta es la primera vida humana que tomé durante esta pesadilla; pero ésta era diferente – como un alivio suave y merecido.

Alivio… Qué sensación más cálida y catártica. Al igual que este Sol, emergiendo y acariciando las llanuras humildes de este valle ordinario keniata que nos abraza. El contraste con la presencia artificial de la glorificada e inapropiadamente lujosa construcción a nuestro lado se antoja una ironía burlona.

Como todo en África, la luz parece conquistar la oscuridad a su propio ritmo, lenta e irregularmente. Sin embargo, ya no importaba. Era culpable. Todo lo que podía sentir allí, de rodillas y a más de 6.500 millas de distancia de mi condo en South Kensington, en Londres, era redención y expiación.

Entonces, recordé a todos los que he perdido por el camino, cruel e injustamente. Y la recuerdo a ella también, su aroma aterciopelado y su pelo indomable, siempre indómito como su espíritu. Aún podía escuchar el sonido embriagante de su risa; rememoro la forma en que solía subyugar mi voluntad con el inexorable poder de su sonrisa y sus ojos clavándose en mí. Su determinación y coraje fueron omnipresentes, justo hasta su final.

Recordé la primera y última vez que la vi, y como todo, incluido nosotros, cambiamos entre medias; no podía imaginar entonces cómo de profundo redefiniría las arrugas de mi alma. Incluso vituperando mi final, la única sensación que parecía cálida y real fue su amor y cómo compartir mi alma con ella dio significado a este desenlace. Entonces, el sentimiento de culpa que ha estado creciendo y torturándome desde nuestro último encuentro, el día que la perdí, de repente comiendo a evolucionar como mis perspectivas de libertad y supervivencia. Como un centinela amorfo y lúgubre, se yergue junto a mí en un silencio invisible. En el fondo, sabía que, finalmente, la balanza se había decantado del lado de la justicia, pese a que yo estuviera a punto de recibir un nuevo tipo de justicia.

Ojalá ella pudiera verlo… No obstante, mi remordimiento por su muerte brutal, y la de aquellos que me importaban tanto, ha sido una carga demasiado pesada para un alma rota.

Con todo, nunca he dejado de sentir nuestra conexión irrompible. Quizás, lo que sea que queda de ella ahora, sabe de alguna forma que todo ha terminado finalmente. Fuera lo que fuera bueno en mí, permaneció con ella. Porque, cuando el entrelazamiento entre dos almas es profunda y significativa, las limitaciones y fronteras del tiempo y del espacio se vuelven irrelevantes e indulgentes.

Y nada nunca me pareció tan esclarecedor como la forma en que entendimos de forma natural el caos del otro. Sus ojos redondeados tenían el inconmensurable poder de ver a través de mi alma, haciéndome sentir invencible y vulnerable.

Nuestros captores, las tropas leales al gobierno elegido legítimamente, se reúnen en un pequeño círculo tras terminar de inmovilizar a todos los terroristas capturados. Nunca he entendido mucho suajili; seguramente debería haber sido mi prioridad cuando aterricé en Kenia hace más de un año. Pero los acontecimientos no me han permitido albergar pensamientos prácticos, más allá de mi supervivencia inmediata.

No obstante, estaba claro qué estaban debatiendo: si deberían ejecutarme a sangre fría allí, y entonces dar una excusa a sus superiores sobre por qué no me entregaron vivo para ser interrogado antes del juicio. No tenían mucho tiempo; toda la prensa internacional de alrededor del mundo llegarán pronto.

Esta es una historia que nadie se quiere perder, una que será contada con todo lujo de detalles, y sin embargo nadie la entenderá completamente. La ironía macabra de cómo una celebridad televisiva como yo terminó en esta situación no tiene parangón. No comprenderán por qué mis ropas antaño inmaculadas ahora están ensangrentadas, y cómo mis manos de cirujano ahora están manchadas con culpa; cuando persigues lo que sabes en tu corazón que es correcto, la lógica y la razón rara vez lo siguen.

Debería tener miedo; quizás incluso suplicar por piedad sobre mi vida. Lucha por vivir otro día, al igual que he hecho a través de esta loca cruzada – batalla tras batalla; ejecución tras ejecución. El mundo me quiere ver muerto por lo que hice, pero sobre todo por lo que no hice. Debería explicarles todo, pero mi deseo de reunirme finalmente con ella es demasiado poderoso. No importa, porque todo ha acabado finalmente.

Eventualmente, el oficial de más alto rango se acerca a mí, sujetando su pistola, para pronunciar su acusación.

“Doctor Spencer, estás arrestado por crímenes contra la humanidad y serás entregado a las Naciones Unidas para ser juzgado por las atrocidades que has perpetrado,” balbuceó con un timbre de asco y venganza reprimida hacia mí. Si se hubiera salido con la suya, ahora tendría una bala en vez de una orden de arresto en mi cara.

Doctor… Ni siquiera recuerdo la última vez que alguien me llamó doctor. Mi años como el cirujano cardíaco con más talento del mundo Occidental parecían haber sido hace una eternidad. Pero la ira plantada entonces había sobrevivido este viaje de forma estoica, al igual que lo que queda de mí como hombre.

¿Dónde empezó a ir mal todo, llevándome a este desenlace abrupto? La tarea de recordar mi vida antes de mi cautiverio resulta ser un esfuerzo audaz para mi mente inestable y destrozada. Aún así, conforme el alivio continúa embriagando mis nervios y ansiedad, sabiendo que todo ha acabado finalmente, lo recuerdo.

Todo comenzó lanzando una moneda, ¡por supuesto! Esa moneda que cambió mi vida para siempre, iniciando la cadena de acontecimientos que me convirtió en una de las personas más buscadas y sanguinarias de la historia reciente…

Lo rememoro con una sonrisa inesperada, disfrutando de la aleatoriedad de las elecciones que estamos predispuestos a tomar libremente. Entonces, cuando el ruido de las cámaras de los reporteros amontonándose al otro lado de la vaya sustituye al sonido de la muerte y los lamentos, me vendan los ojos.

La oscuridad reina en mi mundo otra vez… ¿Por qué fue tan caprichosa esa moneda?